Robinho sigue vestido de vengador, incapaz de alejar de sà lo que considera injustas cicatrices. Ayer oà sus declaraciones arremetedoras contra el R. Madrid por no venderle al Chelsea, que no hacen sino corroborar que emprendió el camino a la Premier con una mochila llena de falacias: besando el escudo del Manchester City cuando no querÃa jugar allÃ, o diciendo por activa y por pasiva que aquà no se convertirÃa en el mejor del mundo cuando su intención era un contrato más sustancioso.
Muchos brasileños, aun siendo bisoños esmirriados en las favelas, tienen dentro de su ser un epicúreo que les hace creerse mejor de lo que realmente son; se dejan dominar por un nocivo sentimiento de seguridad tremendamente peligroso. Si nos ceñimos al verano de ninguneo en torno a la figura de Robinho (por el affaire CR7) queda claro que sus quejas son humanas, pero ni razonables ni inteligentes. Y a la vista está: él cogió las maletas de su libertad y al furgón de cola de la Premier ha ido a parar. De eso sólo él es responsable.
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