Cuando Lorenzo Sanz pagó la cláusula de Mijatovic, destruyó los vínculos cordianles que nuestro club tenía con el Valencia. De esto hace ya más de una década. La marcha del montenegrino ha seguido siendo, con los años, motivo de arrebato emocional para una afición che que vivió dicha fuga entre jipidos y sollozos, pulso tembloroso, gritos de ira y aceleración de sangre. Odio que derivó en una erosión sin auspicio ni eufemismos.
Un Pedja ya con unos kilos (varios) sobrantes, con traje, y el Valencia volvieron a cruzar sus caminos este verano con el traspaso de Villa encima de la mesa. Y como era normal, la cosa no podía acabar bien. Vicente Soriano, Presidente valencianista, no ha parado de cargar contra nuestro Director Deportivo desde el fallido fichaje del delantero asturiano: “Calderón es un señor, pero Mijatovic miente”; “Mijatovic hizo comentarios despectivos y maleducados para el Valencia”. Frases éstas, pronunciadas ayer. Si el vaso de la paciencia en Mestalla para con Mijatovic tiene tan exorbitantes grietas y exuda un recipiente tan difícil de tibiar, ¿por qué puso Ramón Calderón al montenegrino al frente de esta operación? ¿Para qué está Miguel Ángel Portugal?
Lo que está claro es que cuando llamamos a la puerta de algún equipo español, cuando abrimos nuestra entrañas de par en par en una negociación a cara de perro, nuestro club es vulnerable. El Barcelona, por ejemplo, se permite el lujo de sacar del Sánchez Pizjuán a Alves y Keita sin que Laporta y Txiki sean vistos como judíos en Varsovia. Sin trauma alguno. ¿Tenemos nosotros mala suerte? No, algo más. Quizá no sepamos negociar. Con Florentino Villa hubiese venido.
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